La farmacoterapia está
indicada cuando la ansiedad es tan intensa que interfiere significativamente en
las actividades de la vida diaria. Los ansiolíticos, o fármacos capaces de
aliviar la ansiedad, son bastante eficaces en la mayoría de las clases de
estrés. Estos medicamentos se encuadran en diversas categorías terapéuticas:
fármacos que actúan sobre el sistema nervioso central (SNC), como los
antidepresivos y los depresores del SNC; antiepilépticos; fármacos para los
trastornos emocionales y anímicos; antihipertensivos y antiarrítmicos. Los
ansiolíticos tratan todos los trastornos mencionados: fobias, trastorno por
estrés postraumático, ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo y
ataques de pánico.
Tratamiento de la Ansiedad e Insomnio con Fármacos
que actúan sobre el SNC
Los
depresores del SNC empleados para tratar la ansiedad y los trastornos del
sueño se clasifican en dos clases principales: benzodiacepinas y
barbitúricos. Existe una tercera clase compuesta por fármacos de diversa
índole que no tienen relación química con las benzodiacepinas ni con los
barbitúricos pero que tienen similares usos terapéuticos. Otros depresores
del SNC que tienen un efecto relajante en el organismo son
los opiáceos.
Los antidepresivos se emplean con frecuencia
en el tratamiento de los síntomas de la ansiedad. Estos fármacos reducen
los síntomas de la ansiedad al modificar los niveles de dos
importantes neurotransmisores cerebrales, la noradrenalina y la
serotonina. La recuperación del equilibrio de los
neurotransmisores puede reducir los síntomas asociados a la depresión, al
pánico, al comportamiento obsesivo-compulsivo o a la fobia. Son antidepresivos habituales los antidepresivos tricíclicos (ATC),
los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS)
y los inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO).
La
depresión del SNC debe considerarse un continuo que va desde la relajación
hasta la anestesia, pasando por la sedación y la inducción del sueño, y en
el que el coma y la muerte son los estados finales. Algunas clases de
fármacos pueden producir diversos grados de depresión del SNC, desde la
relajación hasta la anestesia, mientras que otros son menos potentes. Los
medicamentos que deprimen el SNC se denominan en ocasiones sedantes,
por su capacidad para sedar o relajar al paciente. En dosis más
altas, algunos de estos fármacos pueden inducir el sueño, por lo que
se denominan hipnóticos. Por tanto, el término hipnótico-sedante suele
emplearse para describir un fármaco que tiene la capacidad de producir un
efecto calmante en dosis bajas y la capacidad de inducir el sueño en dosis
más altas. Tranquilizante es un término antiguo, empleado en ocasiones
para describir un fármaco que produce una sensación de calma o
tranquilidad.
Muchos
depresores del SNC pueden causar dependencia física y psicológica. El
síndrome de abstinencia de algunos de estos fármacos puede
provocar reacciones neurológicas potencialmente mortales, como fiebre, psicosis
y convulsiones. Otros síntomas de abstinencia incluyen la aceleración de
la frecuencia cardíaca y el descenso de la presión arterial; la pérdida
del apetito; calambres musculares; alteraciones de la memoria y la
concentración o desorientación; acúfenos y visión borrosa, e insomnio,
agitación, ansiedad y pánico. Los síntomas de abstinencia más obvios duran
habitualmente de 2 a 4 semanas; los más sutiles pueden durar meses.
Desde los
años sesenta, los antidepresivos se han
empleado fundamentalmente para tratar la depresión o la depresión
asociada a la ansiedad. Hoy en día, los antidepresivos se emplean, no sólo
para tratar la depresión mayor, sino también para tratar los trastornos de
ansiedad, incluyendo la ansiedad general, el trastorno obsesivo
compulsivo, el pánico, la fobia social y el trastorno por estrés
postraumático. Dada la eficacia de los antidepresivos para estos trastornos,
muchos creen que, en el futuro, los ansiolíticos y los antidepresivos se considerarán
pertenecientes a la misma clase de fármacos.
Los
principales medicamentos empleados para aliviar los síntomas del pánico y
la ansiedad son los ATC, los IMAO y los ISRS. La tabla 14.2 resume los
medicamentos con mayor historia en el tratamiento de los trastornos del
pánico. Los ISRS más modernos tratan, no sólo los síntomas del pánico,
sino también los síntomas del trastorno obsesivo-compulsivo y
las fobias (v. tabla 14.3). Entre los ISRS más habituales en el
tratamiento de la ansiedad y la depresión se encuentran el
citalopram, el escitalopram, la fluoxetina, la paroxetina y la sertralina.
Se presenta el escitalopram oxalato como el fármaco prototípico en los
trastornos de ansiedad generalizada.
Al igual
que con el resto de los fármacos que actúan sobre el SNC, deben tomarse
las precauciones necesarias para garantizar que los medicamentos se toman
de forma adecuada. Las principales acciones y los efectos adversos de
los antidepresivos en general. Algunos
pacientes rechazan el tratamiento con antidepresivos al
considerar inaceptables las reacciones adversas.
A
continuación se presenta un breve resumen de las precauciones especiales
más importantes para cada clase de antidepresivo:
- ATC: Desaconsejados en
pacientes con antecedentes de infarto de miocardio, bloqueo
auriculoventricular o arritmia; con frecuencia, los pacientes
presentan efectos anticolinérgicos molestos como sequedad oral,
visión borrosa, retención urinaria o hipertensión; la mayoría de los
ATC se clasifican en las categorías C o D con respecto al embarazo;
debe evitarse su uso combinado con el alcohol u otros depresores del
SNC, y los pacientes con asma, trastornos digestivos, alcoholismo,
esquizofrenia o trastorno bipolar deben extremar las precauciones con
estos fármacos.
- ISRS: Más seguros que otras
clases de antidepresivos, presentan menos
efectos anticolinérgicos y sus efectos simpaticomiméticos
(taquicardia e hipertensión) son menos frecuentes; el paciente puede
engordar o presentar disfunción sexual; su sobredosis
puede provocar confusión, ansiedad, inquietud,
hipertensión, temblores, diaforesis, fiebre y pérdida de
coordinación muscular.
- IMAO: Los pacientes deben
prescindir por completo de los alimentos que contengan tiramina, una
forma del aminoácido tirosina, para evitar una crisis hipertensiva
y deben restringir la ingesta de cafeína; los IMAO potencian el
efecto de la insulina y otros antidiabéticos; entre sus efectos
secundarios habituales se encuentran la hipotensión ortostática, la
cefalea y la diarrea; se emplean con poca frecuencia debido a la
posibilidad de efectos adversos graves.
- Antidepresivos atípicos como los
inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina (IRSN): Pueden observarse
ciertos efectos secundarios como insomnio, sueños anómalos,
diaforesis, estreñimiento, boca seca, pérdida del apetito, pérdida de
peso, temblores, alteraciones visuales, cefaleas, náuseas y vómitos,
mareos y pérdida del deseo sexual.
BENZODIACEPINAS
Las
benzodiacepinas constituyen una de las clases de fármacos que se
prescriben con mayor frecuencia.
Las benzodiacepinas
son los fármacos de elección en el tratamiento de diversos trastornos de
ansiedad y del insomnio (v. tabla 14.4). Desde que aparecieran las
primeras benzodiacepinas (el clordiacepóxido y el diacepam), en los años
sesenta, esta clase de fármacos se ha convertido en una de las
más empleadas en medicina. Aunque disponemos de unas 15
benzodiacepinas, todas tienen las mismas acciones y los
mismos efectos adversos, diferenciándose básicamente en el inicio y
la duración de su acción. Así, algunas, como el midazolam,
cuentan con un rápido inicio de la acción de unos 15-30
minutos; otras, como el halacepam, tardan entre 1 y 3 horas en
alcanzar la concentración sérica máxima. Las benzodiacepinas se
clasifican en el grupo IV, aunque producen menos dependencia física y
menor tolerancia que los barbitúricos.
Las
benzodiacepinas actúan uniéndose a los receptores del ácido gamma-aminobutírico
(GABA) de la molécula del canal del cloro; de esta forma, intensifican el
efecto del GABA, neurotransmisor endógeno inhibidor localizado por todo el
cerebro. La mayoría de estos fármacos se metabolizan en el hígado, obteniéndose metabolitos
activos, y se eliminan fundamentalmente por la orina. Una de las
principales ventajas de las benzodiacepinas es que el consumo de
cantidades excesivas no produce depresión respiratoria ni coma. La muerte
es poco probable, salvo si la ingesta de grandes dosis de benzodiacepinas
se combina con otros depresores del SNC o si el paciente padece apnea del
sueño.
La
mayoría de los benzodiacepinas se administran por vía oral; la
administración parenteral de aquellas que permiten esta forma de
administración, como es el caso del diacepam o del loracepam, debe
vigilarse atentamente debido a la rápida instauración de efectos centrales
y a la posibilidad de depresión respiratoria.
Las
benzodiacepinas son los fármacos de elección en el tratamiento a corto
plazo del insomnio secundario a la ansiedad, donde han sustituido a los
barbitúricos gracias a su mayor margen de seguridad. Las benzodiacepinas
reducen el tiempo necesario para conciliar el sueño y la frecuencia de
interrupciones durante el mismo. Aunque la mayoría de las benzodiacepinas
aumentan el tiempo total de sueño, algunas reducen la fase IV y otras
afectan al sueño REM. Por lo general, las benzodiacepinas empleadas
para tratar el insomnio de corta duración son diferentes de las que
se emplean para tratar los trastornos de ansiedad generalizada.
Las
benzodiacepinas tienen otras indicaciones importantes. Así, el diacepam se
describe como fármaco prototípico por su uso terapéutico en el tratamiento
de los trastornos epilépticos. Pueden emplearse también en el tratamiento del
síndrome de abstinencia alcohólica, para obtener la relajación muscular
central y como inductores en la anestesia general.
Educación
del paciente. La
educación del paciente sobre las benzodiacepinas debe incluir los
objetivos del tratamiento, las razones para obtener los datos de
referencia, como las constantes vitales y la existencia de trastornos
renales o hepáticos previos, así como los posibles efectos secundarios.
Cuando informe al paciente sobre las benzodiacepinas aborde los siguientes
puntos:
Extreme
la precaución cuando conduzca o maneje maquinaria pesada hasta comprobar
los efectos del fármaco, ya que las benzodiacepinas pueden
provocar somnolencia y alteraciones funcionales físicas y mentales.
- Tome
la medicación según se le ha indicado, no exceda la dosis pautada.
- Evite
el consumo de alcohol y otros depresores del SNC, ya que pueden
potenciar la somnolencia.
- No
interrumpa el tratamiento de forma brusca, ya que pueden aparecer
síntomas de abstinencia.
- Mantenga
la medicación fuera del alcance de los niños.
OTROS
DEPRESORES DEL SNC
El último
grupo de depresores del SNC empleados para la ansiedad y los trastornos
del sueño es una miscelánea de sustancias sin relación química con las
benzodiacepinas ni con los barbitúricos (v. tabla 14.6). Además de los
depresores del SNC no barbitúricos no benzodiacepínicos, existen otros
fármacos que se emplean principalmente para el tratamiento de los
síntomas de la ansiedad social y entre los que se incluyen el
antiepiléptico valproato y los betabloqueantes propranolol y
atenolol. Entre los fármacos que se emplean fundamentalmente para el
tratamiento del insomnio se encuentran los depresores del SNC no
benzodiacepínicos más modernos, el zaleplón y la eszopiclona, y el
zolpidem, relativamente nuevo. Otros depresores del SNC, como el
paraldehído, el hidrato de cloral, el meprobamato y la glutetimida, sólo
tienen interés histórico, ya que apenas se prescriben debido a su potencial
de provocar efectos adversos graves. La buspirona y el zolpidem suelen
prescribirse por sus efectos ansiolíticos. Finalmente, el zolpidem
y la eszopiclona se emplean por sus efectos hipnóticos.
Aunque el
mecanismo de acción de la buspirona no está claro, parece que está
relacionado con los receptores cerebrales D2 de la dopamina. Este fármaco
tiene efectos agonistas sobre los receptores presinápticos de la dopamina
y una elevada afinidad por los receptores de la serotonina. Su incidencia
de afectación del rendimiento cognitivo o motor es menor que la de las
benzodiacepinas y raramente interactúa con otros depresores del SNC.
Entre los efectos secundarios habituales se encuentran los mareos, las
cefaleas y la somnolencia. La dependencia y los problemas de abstinencia
no son una preocupación con este fármaco, pero pueden ser necesarias
varias semanas para que el tratamiento alcance los resultados óptimos.
El
zolpidem es un fármaco regulado del grupo IV restringido al tratamiento a
corto plazo del insomnio. Es altamente específico de los receptores del
GABA y produce relajación muscular y efectos anticonvulsivantes aunque
en dosis mucho más elevadas que las empleadas para obtener el efecto
hipnótico. Al igual que ocurre con otros depresores del SNC, debe
emplearse con precaución en los pacientes con trastornos respiratorios, en
los ancianos y cuando se administren al mismo tiempo otros depresores del
SNC; puede ser necesario disminuir las dosis. Dado el rápido inicio de la
acción de este fármaco (7-27 minutos), debe administrarse justo
antes de acostarse. El zolpidem se metaboliza en el hígado y se
elimina por los riñones, por lo que las alteraciones funcionales
de cualquiera de estos dos órganos pueden aumentar las concentraciones séricas
del fármaco. El zolpidem se encuadra en la categoría B con respecto al
embarazo. Debe emplearse con precaución en individuos con alto riesgo de
suicidio, ya que existe la posibilidad de una sobredosis intencionada. Los
efectos adversos suelen ser mínimos (náuseas leves, mareos, diarrea
y somnolencia diurna), pero puede aparecer insomnio de rebote si se
suspende el fármaco; otros efectos adversos son la amnesia y el
sonambulismo.
El
zaleplón puede ser útil para individuos que concilian el sueño pero se
despiertan de madrugada, por ejemplo a las 2 o las 3 de la mañana. Se
puede usar para los viajes y los laboratorios farmacéuticos han basado su
publicidad en este propósito.
Dos fármacos que no se enumeran en la tabla 14.6 son la di fenhidramina y la hidroxicina, dos antihistamínicos que producen somnolencia y que pueden ser beneficiosos para tranquilizar al paciente. Ofrecen la ventaja de no causar dependencia, aunque su empleo suele estar restringido por sus efectos secundarios anticolinérgicos. La difenhidramina es un componente habitual en los fármacos para dormir de venta libre.
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